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DIAS ONLINE

lunes, 28 de diciembre de 2009

a Jorge Di Pascuale

La imaginación nos nace desde cero / cohabita con nosotros desde el vamos / nos sumerge tiernamente en el limbo / o nos hace creer que estamos en la gloria / cuando palpita el corazón infante / y el contorno se vuelve torbellino / aprendemos a imaginar claveles / y rosas y jacintos y azucenas / después mucho después brota la historia / la propia y la de todos y los pájaros nos hacen sombra y luces con su alas / y ya nos va quedando poco margen para que sin demora imaginemos porquito a poco el mundo que estrenamos".

"Llega el sonido y otra voz madura / portadora de gracia o de desgracia / ya al sentirnos inmersos en nosotros / es casi obligatorio despojarnos / para volver a ser lo que no fuimos/ sí / la imaginación nos nace desde cero / y nos sigue sirviendo desde milles / visitamos a tientas el infierno y el paraíso pero desde lejos / de la vida real sabemos poco / y por eso sin prisa la inventamos / mientras la aguja del reloj verídico / avanza poco a poco en el futuro y entramos en la etapa inexorable / pájaros orgullosos de sus alas / de sus plumas serenas de sus picos / de sus vuelos a ciegas o videntes / sienten la obligación de abrir las nube para que el sol los cargue de diamentes".

MARIO BENEDETTI

Fue el más antiperonista de los peronistas de alma. Honesto política e intelectualmente, amplio y solidario. A 33 años de su secuestro, hoy será velado.

Lo vi una madrugada en Córdoba y Azcuénaga. Su auto estaba detenido en un semáforo y él se inclinó a buscar algo en la guantera. El semáforo le dio paso y me quedé con el saludo atragantado. Había regresado de Venezuela, de un brevísimo e insoportable exilio.

Antes de partir había pasado por la redacción de El Cronista para despedirse. Estaba con el Manco Franco, un militante del Peronismo de Base al que una bomba le había volado la mano y cantaba “qué difícil es vivir entero”. Se iban juntos. El Manco hizo bromas. Él también, pero me advirtió: “A lo mejor me ves de vuelta pronto. No creo que pueda estar mucho tiempo fuera”. Era una decisión tomada a contrapelo de lo que sentía, con tanta mala gana que autocumplió la profecía, regresó y lo secuestraron el 29 de diciembre de 1976, un día después de cumplir 46 años.

La de aquella madrugada en Córdoba y Azuénaga es la última imagen que tengo de Jorge Di Pascuale, el ex secretario general de la Asociación de Empleados de Farmacia, un peronista genético y por eso mismo autorizado a ser ferozmente autocrítico e implacable con la figura del conductor. El más antiperonista de los peronistas de alma.

Había empezado a militar en la adolescencia y participó en el origen de las 62 Organizaciones, en la Resistencia y en la CGT de los Argentinos; había sido delegado de Juan Perón para las relaciones con el mundo socialista. Pero por sobre su enorme honestidad intelectual y política, Jorge Di Pascuale era un hombre amplio y de solidaridades.

Su sindicato, un edificio modesto en el que siempre se lo encontraba flanqueado por su segundo, Alfredo Ferrarese, o discutiendo con Horacio Carballeda, su amigo de la agrupación Lealtad y Soberanía, era la isla que, además de recibir a los exiliados uruguayos y chilenos y albergar a las coordinadoras que luchaban por la libertad de los presos, nos daba cuartel a nosotros, una agrupación de periodistas de izquierda que llevaba el nombre de Emilio Jáuregui, un dirigente de prensa, un clasista asesinado por la dictadura de Onganía durante una manifestación callejera.

Jorge –y sería injusto olvidar a “Ferra”– nos permitió a los que en 1973 no hacíamos campaña por Perón dictar allí un curso sobre la otra historia de la clase obrera argentina contada por sus protagonistas. Estuvieron Elías Castelnuovo, fundador del grupo Boedo, director de La Protesta y del periódico de la Unión Sindical Argentina, una vertiente de la FORA del IX Congreso (sindicalista) ; Mateo Fosa, marxista, secretario del gremio de la madera en 1917 y protagonista de la huelga general de 36. El último fue Pedro Milesi, orador en el Grito de Alcorta, dirigente en los 30 del Sindicato de Obreros Municipales, anarquista, comunista, próximo a Agustín Tosco y presidente honorario del congreso del Sitrac- Sitram.

Esa tarde, recostado en una silla, Osvaldo “el Gordo” Soriano –que no estaba en nuestra agrupación pero amaba esos relatos– se deleitaba escuchando al Viejo Pedro explicar con sencillez deslumbrante a un auditorio obrero en qué consistía el materialismo dialéctico. Jorge había entrado y se había sentado en un banco, al fondo del salón. De pronto, Milesi, que empezaba a describir con minucia la jornada del 17 de octubre, señaló el cuadro de Perón que colgaba a sus espaldas y se preguntó “¿en qué y cuánto nos habíamos equivocado nosotros para que un coronel populista encarnara las esperanzas del proletariado argentino?”. Miré a Jorge de reojo. Tenía la cabeza baja y lagrimeaba, emocionado por el relato del viejo luchador. Luego se acercó a Pedro, le tomó las manos y le dijo: “Es un honor tenerlo acá, compañero. Las puertas de este sindicato siempre estarán abiertas para usted”.

Di Pascuale fue el único dirigente gremial peronista que asistió al congreso del Sitrac, el único que defendió infructuosamente la participación de la izquierda en el secretariado de la CGT de los Argentinos, el único que mientras todos sus compañeros festejaban el triunfo justicialista de marzo de 1973, angustiado, visionario, parado en la puerta de la pequeña cocina del local, nos preparó: “Es trágico lo que viene”.

Jorge era ciudadano del poco visitado país de la fraternidad. Tras su captura, fue torturado con saña pero mantuvo un comportamiento ejemplar. Su cuerpo fue identificado hace unas semanas por los antropólogos forenses. Aquella agrupación de periodistas que protegió fue diezmada.

Si estuvieran los que no están, irían hoy, con los pocos privilegiados que quedamos vivos, a velarlo –tardíamente– a la sede de Rincón 1044, su/nuestro sindicato, y decirle lo que, retomando la antigua tradición de la izquierda, la de los Fosa, los Castelnuovo, los Milesi, solía decirse en esos años de los que hablo: “Salud, camarada”.
Susana Viau

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